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Revitalización Área Protegida Municipal Auquisamaña: Un proyecto hecho por y para todas y todos
A veces la ciudad parece no detenerse nunca. El ruido, el tráfico, las prisas. Pero en el sur de la ciudad de La Paz hay un lugar donde el tiempo parece moverse distinto.
Entre formaciones rocosas que se alzan como esculturas antiguas aparece Auquisamaña, un nombre que proviene del aymara: “auqui”, que significa anciano o espíritu sabio, y “samaña”, descansar; juntos pueden interpretarse como “el lugar donde descansan los ancianos”.
Desde lejos parece un paisaje de otro mundo. De cerca, revela algo más profundo: un espacio donde la naturaleza todavía respira dentro de la ciudad.
Durante mucho tiempo, este lugar fue conocido sobre todo por vecinos, caminantes y familias que llegaban al final del día para contemplar el atardecer. Pero con el crecimiento de la ciudad también llegaron nuevos desafíos: basura, senderos improvisados y la presión constante de la urbanización.
Fue entonces que surgió una idea.
La idea no era solo proteger un paisaje. Era reconectar a las personas con este lugar.
Durante 17 meses, jóvenes científicas, vecinos, estudiantes y amantes de la naturaleza se unieron para demostrar que incluso dentro de una ciudad es posible conocer, proteger y convivir con la biodiversidad.
Así nació el proyecto “Revitalización del Área Protegida Municipal Auquisamaña”, impulsado por Ciencia Molotov, bajo la coordinación de Rhayza Cortes y la co-coordinación de Sara Morales, con el apoyo de WWF Bolivia y la Embajada de Suecia en Bolivia.

Fotografía. Equipo de Ciencia Molotov
Un ecosistema vivo en medio de la ciudad
Para comprender la vida que habita en este rincón natural de la ciudad, las integrantes de Ciencia Molotov estudiaron el área desde distintas disciplinas: mastozoología, ornitología, entomología, microbiología ambiental, herpetología y botánica.
Los resultados confirmaron algo extraordinario: Auquisamaña es un ecosistema lleno de vida.
El monitoreo de vegetación identificó 76 especies en áreas núcleo y corredores, confirmando que estos espacios permiten que la biodiversidad siga moviéndose dentro de la ciudad. Cuando hay más flores, llegan más insectos y aves. Y cuando hay más biodiversidad, el ecosistema se vuelve más resiliente.
El mundo invisible de los insectos
Uno de los hallazgos más sorprendentes de la segunda fase del estudio, enfocado en los núcleos y conectores de conectividad entre el área protegida de Auquisamaña y zonas aledañas, provino del monitoreo técnico de invertebrados liderado por Camila Mérida.
Mediante observación directa, redes entomológicas y trampas de caída tipo pitfall, el equipo registró 1.024 individuos pertenecientes a 231 morfoespecies.
Los corredores ecológicos 4 y 6 concentraron más del 65 % de los registros, evidenciando que estos espacios de conexión, más allá del área protegida en sí, pueden convertirse en verdaderas autopistas para la vida, incluso en contextos urbanos.
Entre las especies observadas se encontraron abejas como Apis mellifera, abejas carpinteras del género Xylocopa, arañas tejedoras como Metepeira y depredadores de la familia Thomisidae, indicadores de un ecosistema activo.
Estos pequeños habitantes revelan algo clave: la conectividad ecológica urbana sí funciona.
Corredores que conectan la vida
Los estudios sobre conectividad ecológica liderados por Flavia Estrada Groux, Carola Copa, Daniela Ramos y Camila Mérida mostraron que los corredores urbanos, aunque discontinuos, todavía mantienen la conexión entre núcleos de biodiversidad gracias a jardines, árboles urbanos, lotes baldíos y espacios verdes.
Lugares como Los Pinos, Cota Cota y el propio barrio Auquisamaña funcionan como núcleos de resiliencia ecológica. Allí se registraron especies como el ratón andino Akodon boliviensis, murciélagos como Tadarida brasiliensis, y serpientes como Tachymenis peruviana.
Estos hallazgos refuerzan una idea poderosa: las ciudades también pueden ser ecosistemas.
Más del 55 % de la población humana vive en ciudades. Comprender cómo funcionan estos ecosistemas urbanos es clave para construir ciudades más saludables, resilientes y preparadas frente al cambio climático.

Mapa. Los corredores son discontinuos, pero aún mantienen la conectividad entre núcleos y nodos intermedios gracias a elementos como viviendas, lotes baldíos y el arbolado urbano.
La ciencia también se hace con la gente
Pero Auquisamaña no fue solo un proyecto científico. Fue también un ejercicio de ciencia ciudadana.

Vecinos, jóvenes y estudiantes participaron en actividades como el Biobingo, talleres de fotografía, ilustración científica y la feria interactiva “Vizcachas en acción”. También se formaron los Chukutas Ranger, un grupo comunitario que participó en monitoreo de aves y mamíferos. Con capacitaciones teóricas y prácticas, que permitieron reforzar conceptos para una toma ética de datos de calidad. Estos talleres estuvieron a cargo de Valeska De Cárdenas y Ángela Terán
En una de esas rutas se registraron 21 especies de aves, entre ellas la Dormilona ceja blanca, mientras que en los transectos de mamíferos se identificaron rastros de vizcachas y del pequeño marsupial Thylamys venustus.

La naturaleza también se escucha, se toca y se siente
¿Qué pasa cuando una persona no puede ver el paisaje? En Auquisamaña, esta pregunta dio origen a la creación de senderos interpretativos pensados para que las personas con discapacidad visual también puedan experimentar la belleza del lugar.
A partir del trabajo liderado por Ibeliz Manríquez, se desarrollaron senderos interpretativos inclusivos pensados para que personas con discapacidad visual puedan experimentar la belleza del lugar.

Fotografía. Cada paso es una experiencia sensorial, donde los sonidos, las texturas y los aromas cuentan la historia del lugar, demostrando que la conexión con la naturaleza no tiene límites.
Los recorridos fueron diseñados desde los sentidos: el sonido, las texturas, los aromas y la narración del paisaje. Durante el proceso se realizaron pruebas en campo y capacitaciones con guardaparques, además de avanzar en la elaboración de una guía metodológica para el diseño de senderos inclusivos.
La experiencia dejó una idea clara: la inclusión en áreas protegidas no comienza con la infraestructura, sino con la manera en que guiamos, comunicamos y diseñamos la experiencia del sendero.

Fotografía. En este espacio, la naturaleza se abre a todos: caminos interpretativos inclusivos diseñados para que personas con discapacidad visual puedan recorrer, tocar y escuchar la belleza del entorno.
Comunicar para transformar
El proyecto también entendió algo esencial: la ciencia necesita ser contada.
Durante 17 meses se construyó una comunidad digital de más de 2.050 seguidores, con 60 mil personas alcanzadas y casi 98 mil visualizaciones de contenido.
Mediante medios de comunicación, redes sociales y materiales accesibles, como un audiolibro creado junto al Club de lectura 6 Puntos al Conocimiento, el conocimiento científico se acercó a la ciudadanía.
Porque como recordó el equipo del proyecto:
“La ciencia genera conocimiento, pero la comunicación permite que ese conocimiento llegue a la sociedad.” Todo el trabajo de comunicación a cargo de Viviana Hilari y Camila Ramallo y las imágenes y videos que han dado vida a esa interacción en redes fue el trabajo conjunto de Renata Collareta, Giovanni Patón, Briza Gigasi y Daniel Gómez.
Un laboratorio vivo para el futuro
A lo largo del proyecto, distintos especialistas lideraron investigaciones científicas para conocer mejor la flora y fauna que habita entre sus formaciones rocosas.

En el área de botánica, la investigación liderada por la Lic. Adriana Rodrigo registró 78 especies de plantas, con predominancia de familias como Asteraceae, Fabaceae, Poaceae y Pteridaceae. Entre ellas destaca el duraznillo (Kageneckia lanceolata), una especie característica de estos ecosistemas.

También se reportaron cinco especies de helechos, entre ellas Adiantum orbignyanum, Cheilanthes pruinata, Woodsia montevidensis, Hemionitis myriophylla y Pellaea ternifolia, que encuentran refugio en los microhábitats formados entre las rocas y laderas.

En entomología, el trabajo dirigido por el Lic. Jaime Alba permitió identificar 67 taxones de insectos, con predominancia de grupos como coleópteros, himenópteros, lepidópteros, ortópteros, arañas y dípteros. Entre los registros más llamativos se encuentran mariposas de los géneros Vanessa, Strymon y Hylephila, además de Metardaris cosinga, especies que cumplen un rol clave en la polinización y el equilibrio ecológico del área.

Por su parte, la investigación en mastozoología, liderada por el Lic. Cristian Vargas, reveló hallazgos importantes. Por primera vez se reportó la presencia del marsupial “comadrejita” Thylamys venustus, y gracias a registros de vecinos y evidencias en campo como huellas y heces se confirmó la presencia del zorro andino (Lycalopex culpaeus), la vizcacha (Lagidium viscacia) y el ratón andino (Oligoryzomys andinus), especies que muestran que el área aún mantiene condiciones para albergar fauna silvestre.

En ornitología, el estudio liderado por la Lic. Pamela Carvajal registró 41 especies de aves, entre ellas la calandria, el colibrí cometa, el naranjero y el colibrí puneño, que llenan de movimiento y sonido este paisaje natural dentro de La Paz.

Finalmente, el componente de herpetología, a cargo de la Lic. Mariela Miranda, se registró un total de cuatro especies, incluyendo tres anfibios y un reptil, evidenciando la importancia de este espacio como refugio de biodiversidad urbana. La especie más abundante fue la rana cuatro ojos (Pleurodema cinereum), seguida por la sut’uwalla paceña (Liolaemus aparicioi), un reptil endémico categorizado en “En Peligro Crítico”.
El proyecto también dejó bases científicas sólidas: 2 artículos científicos, 4 notas científicas y 4 tesis de licenciatura, además de mentorías para nuevos investigadores. Trabajos que tuvieron el seguimiento y apoyo de Sandra Miranda.

Paralelamente, se inició la elaboración de un Plan Estratégico de Vulnerabilidad y Conservación para el área protegida, en coordinación con vecinos y autoridades municipales. Este Plan se encuentra en manos de las autoridades competentes dentro del municipio, gracias al trabajo de Kiswara Portugal.
El objetivo es claro: proteger Auquisamaña frente a amenazas como la expansión urbana, el ruido, la basura, el cambio climático y las especies invasoras.
Los próximos pasos para cuidar Auquisamaña
El trabajo en Auquisamaña no termina aquí.
Los resultados del proyecto ahora se transforman en herramientas y acciones concretas para fortalecer su conservación y acercar este paisaje natural a más personas.

Para los vecinos del área se realizará la entrega oficial de los informes de investigación junto con el Plan de Vulnerabilidad y Conservación, además de la creación de un mural sobre conectividad ecológica y biodiversidad.
Para el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz, el proyecto deja una base técnica que incluye informes científicos, planes de monitoreo técnico y comunitario, guías para senderos interpretativos y materiales audiovisuales como documentales y un audiolibro.
Al mismo tiempo, la población podrá acercarse a la biodiversidad de Auquisamaña a través de guías de campo de botánica, mamíferos, reptiles y aves, eventos de ciencia ciudadana como la Gran Biobúsqueda del Sur 2026 y talleres de educación ambiental como el taller nocturno para la conservación de murciélagos.

Parte de este conocimiento también podrá descubrirse en un nuevo espacio del Museo Pipiripi, que abrió al público desde el 28 de marzo. Allí se visibilizará la importancia de Auquisamaña y de otras áreas protegidas de la ciudad, invitando a más personas a conocer, valorar y proteger estos espacios naturales que siguen vivos dentro de La Paz.
Una ciudad que vuelve a mirar a la naturaleza
Auquisamaña nos deja una lección poderosa.
Las ciudades no son solo edificios y calles. También pueden ser ecosistemas complejos donde la vida encuentra formas de persistir.
Cada corredor ecológico, cada árbol nativo, cada insecto, ave o mamífero nos recuerda que la naturaleza sigue ahí, esperando que aprendamos a convivir con ella.
Hoy, gracias a la ciencia, la comunidad y el compromiso de muchas personas, Auquisamaña no es solo un área protegida urbana.
Es un laboratorio vivo, un espacio de aprendizaje y un símbolo de que cuando la ciudad y la naturaleza se encuentran, el futuro puede ser más verde, más resiliente y humano.
