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Los que se quedan

Hay una placa empotrada a un costado del Campamento Luis Marcus. El metal ya acusa el paso de los años, pero los nombres siguen intactos. Son los primeros guardaparques del Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Otuquis, en el extremo sudeste de Bolivia, donde el país se encuentra con el Pantanal y las fronteras con Brasil y Paraguay parecen desdibujarse entre ríos, pastizales y palmeras. Rogelio Parabá pasa la mano sobre la placa mientras recuerda a quienes comenzaron esta historia junto a él y al primer director del área protegida, Luis Marcus. Han pasado más de dos décadas desde entonces y, de todos esos pioneros, solo un nombre sigue recorriendo estos caminos. Es el suyo.

Rogelio no permanece mucho tiempo frente a la placa. Parece entender que la memoria no vive ahí. Vive unos metros más adelante, donde el bosque vuelve a abrirse.

La tranquera queda atrás y el camino comienza a teñirse de rojo. Es el color del hierro que duerme bajo la tierra. El polvo se adhiere a las botas, a las llantas y a la ropa con la misma facilidad con la que Otuquis se queda en la memoria de quienes lo recorren. A los costados aparecen palmares de carandá, pastizales y manchas de monte que parecen no terminar nunca. El aire huele a tierra caliente y vegetación. El silencio dura apenas unos segundos, hasta que un ave lo rompe o el viento encuentra la manera de hacerse escuchar entre las ramas.

Rogelio lleva veinticuatro años caminando por aquí. Habla fuerte, sonríe con facilidad y bromea mientras avanza. No necesita detenerse para decidir hacia dónde seguir. El bosque parece haber aprendido su nombre tanto como él aprendió sus caminos.

Patrullar Otuquis es aprender a mirar distinto. Significa recorrer senderos de tierra, registrar el ingreso y la salida de vehículos, conversar con quienes atraviesan el área protegida y pasar horas caminando hasta que el paisaje empieza a revelar detalles que otros no alcanzarían a notar como una huella reciente sobre el barro, un cambio en el canto de las aves o el olor del humo antes de que aparezca en el horizonte. El bosque habla de muchas maneras y los guardaparques aprendieron hace tiempo a escucharlo.

Nancy Barba también aprendió ese lenguaje desde niña. Creció entre ríos, monte y animales, y hace catorce años decidió convertir esa cercanía con la naturaleza en un oficio. Cuando tomó esa decisión, muchos le dijeron que aquel no era un trabajo para una mujer. Nunca intentó convencer a nadie de lo contrario, simplemente siguió caminando.

Horas antes de llegar al campamento había abrazado a su hija. Ahora vuelve a hablar de ella casi sin darse cuenta, dice que a veces duele marcharse durante tantos días, pero la respuesta siempre aparece en la misma dirección. Quiere que su hija herede algo más que historias sobre la naturaleza, quiere que pueda conocerla.

—¿Vamos a patrullar? —le pregunta la pequeña cada vez que la ve preparar su mochila.

Nancy sonríe al recordarlo. Tal vez su hija todavía no comprenda del todo qué es ser una guardaparque o tal vez ya entendió lo más importante.

Seguimos avanzando hasta Río Negro. Desde el puente cuesta imaginar que este lugar fue, hace apenas algunos años, un inmenso espejo de agua. Los guardaparques recuerdan la última gran inundación, en 2018. Desde entonces el agua tarda más en regresar y el paisaje parece haber cambiado con ella. Hay jornadas en las que recorrer kilómetros apenas alcanza para descubrir las huellas de un borochi o de un ciervo de los pantanos. El bosque también sabe guardar silencio.

La ruta continúa hasta Puerto Busch. Allí el río Paraguay dibuja la frontera entre Bolivia y Brasil. Durante semanas ese pequeño campamento se convierte en hogar para quienes son destinados allí.

Ciciela Mercado llegó por primera vez en 2013. Descubrió que el silencio podía ser tan inmenso como el río y que también había que aprender a convivir con él. Cuando terminaban las tareas del día sacaba una flauta de su mochila, el instrumento más liviano que podía cargar, y dejaba que la música viajara sobre el agua antes de perderse entre el monte.

Hoy sigue saludando a todos con la misma alegría, canta mientras trabaja, conversa con cualquiera que aparezca en el camino y transmite una energía que cuesta asociar con los recuerdos que todavía la acompañan.

Cuando habla de 2019 recuerda el fuego avanzando sobre el Pantanal, recuerda un paisaje entero ardiendo, recuerda la impotencia y las lágrimas. Después de los incendios, amigos y familiares le pidieron que dejara el trabajo, decían que era demasiado riesgoso. Ella nunca lo hizo.

Antonio Bejarano casi siempre camina unos pasos delante del grupo. No porque busque hacerlo, sino porque los demás terminan siguiéndolo de manera natural. Habla poco. Observa mucho. Lleva casi quince años como guardaparque y hoy lidera a su equipo como jefe interino de protección.

Creció trabajando la tierra, allí entendió que ninguna especie vive sola y que todo, absolutamente todo, está conectado.

Mientras observa el cauce de río Negro habla del agua, después habla del fuego, luego del clima. Las lluvias ya no llegan cuando antes lo hacían. Los incendios son distintos. Cada temporada obliga a prepararse para escenarios nuevos y a aprender otra vez un oficio que nunca termina de enseñarse.

Dice que proteger Otuquis es proteger el futuro, que, si ellos no estuvieran allí, probablemente este paisaje sería otro. Tal vez más silencioso, tal vez con menos aves, tal vez sin algunos de los animales que todavía encuentran refugio entre estos pastizales.

Con el paso de las horas entendemos que los cuatro hablan del mismo bosque, aunque cada uno lo nombre de una manera distinta.

Rogelio lleva la memoria de Otuquis en cada paso.

Nancy piensa en el mundo que dejará a su hija.

Ciciela eligió quedarse incluso después del fuego.

Antonio mira el horizonte y piensa en quienes todavía no han llegado.

Quizás por eso un guardaparque aprende a notar cuándo el bosque está cambiando, cuándo el agua tarda demasiado en volver y cuándo un incendio amenaza con borrar lo que la naturaleza tardó siglos en construir.

Cuando regresamos al Campamento Luis Marcus, la placa continúa donde estaba al comienzo del día. Los nombres siguen allí. Rogelio pasa frente a ella una vez más sin detenerse. Da la impresión de que sabe algo que nosotros apenas empezamos a comprender, que los homenajes no se escriben sobre el metal, se escriben caminando.

Nosotros dejamos Otuquis esa tarde. Ellos no.

Nancy volverá a despedirse de su hija antes del siguiente patrullaje. Ciciela seguirá encontrando en Puerto Busch un hogar entre el río y el monte. Antonio continuará recorriendo estos caminos con la mirada puesta en el paisaje que todavía puede conservarse. Rogelio abrirá una vez más la tranquera del campamento, como lo ha hecho durante casi un cuarto de siglo.

Al día siguiente repetirán muchas de las mismas tareas. Sin embargo, nada será exactamente igual. El bosque cambia todos los días y ellos cambian con él.

Quizás esa sea la verdadera esencia de un guardaparque: dedicar la vida a cuidar un lugar que pertenece a todos, aunque muy pocos lleguen a conocerlo como ellos.

Nosotros volvimos a casa. Ellos también, volvieron al bosque.

Y al amanecer siguiente, cuando el Pantanal despertó otra vez entre el canto de las aves y el polvo rojo de sus caminos, ellos ya estaban allí. Como siempre, quedándose para cuidarlo.

© WWF-US / Tomás Munita
Guardaparques PN ANMI Otuquis