Resiliencia ante sequías e incendios forestales de las comunidades indígenas del territorio Monteverde

Posted on
08 noviembre 2021


(English below)

El desastre ecológico de 2019 en Bolivia dejó un gran aprendizaje en las comunidades chiquitanas afectadas. Aun entre las cenizas, los habitantes se levantaron, decidieron aprovechar oportunidades y tener bomberos voluntarios.

Una intensa helada fue el preludio de un incendio que devastó 3,9 millones de hectáreas en Santa Cruz, en 2019. De ellas, más de 258 mil hectáreas correspondían al Territorio Indígena Originario Campesino (TIOC) Monte Verde, situado a 400 kilómetros al noreste de Santa Cruz de la Sierra, uno de los más grandes de Bolivia y con un gran valor forestal, ya que está cubierto de bosques.

Aquella vegetación de pasturas y árboles ardió entre junio y octubre frente a los ojos de miles de personas alrededor del mundo que seguían el suceso por medios de comunicación y redes sociales. Fue la emergencia por fuego más grave de la última década en Bolivia, y también la más visibilizada.

Desde entonces, los habitantes del lugar aseguran que el fenómeno de la helada  se ha repetido en 2020 y a finales de junio de este año.

“El monte está choco”, dice un vecino de la comunidad Río Blanco para describir el color amarillo de la vegetación tras la última helada. “Eso que está seco ahorita, es por la helada, no es natural”, coincide Ignacia Supepí. El paisaje es elocuente. Incluso la hierba alta está quemada por el frío, y a ello se suma una vegetación seca por otro fenómeno también usual en los últimos años: la sequía.

Árboles sin follaje, hojarasca cubriendo el suelo, arbustos y pasturas amarillentas. Monte Verde luce un paisaje triste hacia la mitad del año. Y su gente lo percibe. La helada de este año no solo afectó a la foresta; también arrasó con criaderos de abejas y plantines de viveros de tres comunidades.

“Había como cinco especies maderables (en los viveros), eran casi mil plantas de mara. Toditas se han muerto. De tarara amarilla, había unas 200 plantas, se han muerto. He estado plantando pura almendra que me han dado recién; de cuchi, tengo unas 200 plantas”, enumera Gerardo Supepí, encargado del vivero en Río Blanco. Lo mismo pasó en las comunidades Santa Mónica y El Rancho, a pesar de que hay una distancia grande entre una y otra.

El 30 de junio pasado, el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) de Bolivia reportó -1°C en San José de Chiquitos y 1.2°C en Ascención de Guarayos. En una región donde la temperatura media anual es de 25°C, el fenómeno climatológico no pasó desapercibido ni siquiera para los investigadores, quienes advirtieron de una posible nueva época de incendios, precisamente la que actualmente atraviesa el país.
 
Responder a la adversidad

Pero para los chiquitanos, el desánimo no es una respuesta, sino un llamado a la acción. Aún entre cenizas, los lugareños se levantaron y decidieron aprovechar la ayuda que llegó tras el desastre ecológico de 2019, como medio de recuperación, pero también de enseñanza: para que algo así no vuelva a suceder.

Ernesto Escalante, oficial forestal de WWF, cuenta que como institución se promovió la instalación de viveros en las comunidades y se dotó de paneles solares a las asociaciones de mujeres para la producción de aceites y derivados. También, equipos de seguridad y herramientas para los bomberos voluntarios que empezaron a formarse en cada comunidad, como una manera de prevención frente a posibles nuevos incendios.

Gracias a ello, a pesar de la afectación que dejaron las heladas en los viveros, es posible continuar con el proyecto para recuperar plantines. Con el tiempo, el objetivo es que estas comunidades puedan proveer diferentes especies maderables y no maderables a otras poblaciones, o comercializarlas. El primer obstáculo a superar es la intensa sequía que azota la zona; algo a lo que se está buscando solución.

Por ahora, se ha logrado recuperar especies frutales como: achachairú, mandarina y chirimoya, así como miles de germinados de café. Rolando Chuvé, presidente de la comunidad El Rancho, se muestra entusiasmado y dice que eso les permite apostar por la agroforestería.

Para WWF, la idea es que ellos continúen trabajando de forma autónoma, como lo hacen con éxito las mujeres, agrupadas en asociaciones de producción de aceites de cusi y copaibo.
 
Escasez de agua

La Chiquitania es una ecorregión que alberga al Bosque Seco Chiquitano, el bosque seco tropical más grande y aún mejor conservado de Sudamérica, uno de los pocos que quedan en el mundo. En los últimos años, esa condición climática de sequedad se ha profundizado a consecuencia de diversos factores, como los incendios forestales.
 
En Río Blanco, Mariela Bailaba dice con tono pausado, que el año pasado todas sus fuentes de agua se secaron. Ella y otras mujeres se vieron obligadas a lavar su ropa y la de sus familias en Concepción, el centro urbano más próximo que está a 65 kilómetros. Allí estos pueblos indígenas tienen una casa común para hospedarse.

La otra opción que encontraron como comunidad fue acudir a una mina de oro cercana que cuenta con un pozo, de donde sacaban agua para beber y cocinar, hasta que la asociación civil Apoyo para el Campesino-Indígena del Oriente Boliviano (APCOB) tuvo que asistirlos con dotaciones del líquido para cubrir esa necesidad.

Esta institución y WWF apoyaron la perforación de un pozo para extraer agua del subsuelo y garantizar la provisión del recurso este año. Pero el agua se agotó en esta época seca, a mediados de agosto. Por ahora, explica Mariela, dos paúros (ojos de agua) sirven para aprovisionar a las familias, mientras que un pequeño atajado provee con riego al vivero.

Ambas fuentes de agua están bajo el cuidado de la población, que ha convenido no usarlos para el aseo personal, sino solamente para consumo, además de preservar la vegetación alrededor de ambos cuerpos de agua para garantizar que no se agoten. El agua para el ganado sigue siendo escasa.
 
Prevenir antes que lamentar

Si bien la helada y la sequía afectan la calidad de vida de las comunidades, su principal temor son los incendios. La memoria de los habitantes de Monte Verde recuerda vívidamente el siniestro de 2019. “Nosotros a veces ocho días no dormíamos (por combatir el fuego), sin dormir estábamos. Una hora, máximo, dormía un compañero para relevarse, más de dos meses le hemos tirado así, de ocho a diez días recién podía dormir un compañero, y a veces por el humo ni siquiera eso se podía dormir”, recuerda Anacleto Pinto, joven de la comunidad Río Blanco.

El pequeño hato de ganado con el que contaban algunas familias se redujo a su mínima expresión. Durante y después del incendio, la población en general, pero los niños en particular, sufrieron infecciones intestinales por falta de agua apta para el consumo, e irritación en los ojos por el aire contaminado. La vegetación también cambió. “Después del incendio han nacido otras plantas, ahorita por ejemplo no se puede casi caminar donde se ha quemado porque aparecieron bejucos con espinas que causan alergia al cuerpo”, dice Pinto.

Esa mala experiencia de 2019 llevó a la gente a buscar capacitación para prevenir y controlar incendios. Se formaron brigadas comunales de alerta temprana y se convocó a bomberos voluntarios para darles insumos y herramientas, de manera que puedan reaccionar de inmediato ante una alerta mientras llega la ayuda especializada.

“Nosotros estamos protegiendo harto (nuestros territorios) para que no haya incendios. Ahorita hay hartísimo combustible dentro del monte. Una chispa causaría un desastre inmenso. Hace dos semanas (en agosto) tuvimos harta humareda del municipio de Guarayos, que es vecino”, relata Anacleto Pinto, de Río Blanco. Este joven sueña con tener un dron para vigilancia, radios para comunicación interna y aplicaciones móviles para realizar un monitoreo más eficiente.

Actualmente, cuando surge una alarma de humo “de procedencia inexplicable”, él y otros muchachos deben ir hasta Concepción para buscar información satelital de la Autoridad y Control Social de Bosques y Tierras (ABT) u otras oenegés que vigilan los focos de calor. Una vez allí, recién ubican el punto de calor y dan la alerta. Hasta entonces, el fuego puede tornarse incontrolable.

De confirmarse la emergencia, las brigadas comunales entran en acción. Zulema Barahona, coordinadora de proyectos de APCOB, explica que en las TIOC Monte Verde y Lomerío hay alrededor de una veintena de estos grupos en igual número de comunidades, cuyas acciones son preventivas. En ambos territorios indígenas, la gente está organizada para que sus tareas agrícolas con uso de fuego (chaqueo) se hagan de manera controlada. Para ello, cumplen con acuerdos internos que implican informar del hecho y programarlo en días en que no haya extremo calor ni fuertes vientos.

Para los chiquitanos, el uso del fuego como herramienta para la actividad agrícola de subsistencia es importante. Lo hacen de manera organizada, mediante la minga (trabajo colectivo). La figura consiste en que toda la comunidad ayuda a la familia que está realizando la tarea, para que las llamas no se descontrolen; luego los beneficiarios ayudan a otros, y así se van turnando entre todos.

Fundación SAR, la Gobernación de Santa Cruz y distintas oenegés se han sumado a la causa, para capacitar a bomberos comunales. WWF entregó ropa de seguridad y equipo antiincendios para que además de saber cómo reaccionar, puedan protegerse de forma adecuada. 

Resiliencia en las comunidades

En Santa Mónica, otra comunidad de la TCO Monte Verde, la gente recuerda los incendios de 2019 como una temporada en la que pasaron entre dos a tres meses sin dormir por combatir el fuego. Muchos lograron salvar sus viviendas, pero perdieron gran parte de los troncos derribados y apilados que tenían en su patio de rodeo –un claro abierto en el bosque–, producto del aprovechamiento anual de su plan general de manejo forestal. Es decir, madera destinada para la venta.   

“Esto generó pérdidas cuantiosas. Pero ya que se habían quemado los troncos, decidimos que se podían aprovechar”, dice Zulema Barahona.

Así surgió la idea de transformar aquellas piezas en señalética para las áreas destinadas al plan de manejo forestal. La carpintería de Santa Mónica se convirtió en el taller donde las troncas quemadas se volvieron soportes para escribir mensajes.

Ahora, al avanzar por los caminos de tierra que conducen a estas comunidades, se puede ver los letreros que informan sobre los bosques manejados en las comunidades Río Blanco, Cosorió Palestina, Santa Mónica, Palmarito de la Frontera y El Rancho. También mensajes que exhortan a evitar la tala y caza ilegal y el uso del fuego que origina los incendios forestales.

“Tratamos de ordenar nuestros espacios para que se vean mejor. Como tenemos la carpintería, decidimos señalizar todos los lugares donde hay puentes, curvas, el lugar del plan de manejo”, dice Silvia Pasabaré, quien a sus 28 años es miembro de la asociación de mujeres en su comunidad.

Si bien las pérdidas fueron altas para Santa Mónica, la producción de señalética y la fabricación de algunos muebles destinados a la venta ayudó a paliar el mal momento. “Las personas no veían un defecto en el borde quemado (de la madera), sino más bien la capacidad de resiliencia frente a eventos devastadores”, cuenta Barahona.

En todos estos casos, ni los incendios ni la sequía ni el cambio climático con sus eventos adversos, han llevado a los comunarios a considerar el abandono de su hogar en el TIOC Monte Verde. Pese a que los jóvenes deben salir a estudiar a los centros urbanos cercanos -Concepción, San Xavier o Guarayos- muchos de ellos ya forman parte de la dirigencia y empezaron a proyectar actividades productivas que están poniendo en marcha. Las mujeres, organizadas en asociaciones, también impulsan sus propios proyectos para garantizar su independencia y empoderamiento dentro de su hogar. Los hombres también avizoran proyectos productivos y, entre todos, están dispuestos a seguir cuidando el extenso Bosque Seco Chiquitano.

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Resilience to droughts and forests fires of indigenous communities in the Monte Verde territory

The 2019 ecological disaster in Bolivia left a great learning experience in the affected Chiquitano communities. Even amidst the ashes, the inhabitants rose up, decided to seize opportunities and have volunteer firefighters.
  
An intense frost was the prelude to a fire that devastated 3.9 million hectares in Santa Cruz in 2019. Of these, more than 258,000 hectares corresponded to the Monte Verde Original Indigenous Peasant Territory (OIPT), located 400 kilometers northeast of Santa Cruz de la Sierra, one of the largest in Bolivia and with great forest value, as it is covered with forests.
 
That vegetation of pastures and trees burned between June and October in front of the eyes of thousands of people around the world who followed the event through the media and social networks. It was the most serious fire emergency of the last decade in Bolivia, and also the most visible.
 
Since then, the locals claim that the frost phenomenon has been repeated in 2020 and at the end of June this year.
 
"The bush is crashing," says a resident of the Río Blanco community to describe the yellow color of the vegetation after the last frost. "It's dry right now, it's because of the frost, it's not natural," agrees Ignacia Supepí. The landscape is eloquent. Even the tall grass is burned by the cold, and to this is added a dry vegetation by another phenomenon also usual in recent years: the drought.
 
Trees without foliage, leaf litter covering the ground, bushes and yellowish pastures. Monte Verde looks a sad landscape in the middle of the year. And its people feel it. This year's frost not only affected the forest; it also wiped out the bee hives and seedlings in the nurseries of three communities.
 
"There were about five timber species (in the nurseries), almost a thousand mara plants. All of them have died. Of yellow tarara, there were about 200 plants, and they have died. I've been planting only almond, which they just gave me; of cuchi, I have about 200 plants," says Gerardo Supepí, who is in charge of the nursery in Río Blanco. The same thing happened in the communities of Santa Monica and El Rancho, even though there is a great distance between one and the other.
 
On June 30, Bolivia's National Meteorology and Hydrology Service (Senamhi) reported -1°C in San José de Chiquitos and 1.2°C in Ascención de Guarayos. In a region where the average annual temperature is 25°C, the weather phenomenon did
 
not go unnoticed even by researchers, who warned of a possible new fire season, precisely the one the country is currently experiencing.

Responding to adversity
 
For the Chiquitanos, discouragement is not an answer, but a call to action. Even amidst the ashes, the locals rose up and decided to take advantage of the aid that arrived after the ecological disaster of 2019, as a means of recovery, but also of teaching: so that something like this does not happen again.
 
Ernesto Escalante, WWF forestry officer, says that as an institution they promoted the installation of nurseries in the communities and provided solar panels to women's associations for the production of oils and derivatives. Also, safety equipment and tools for volunteer firefighters who began to train in each community, as a way of prevention against possible new fires.
 
Thanks to this, despite the effects of the frosts on the nurseries, it is possible to continue with the project to recover seedlings. Eventually, the goal is that these communities will be able to provide different timber and non-timber species to other populations, or to market them. The first obstacle to overcome is the intense drought that plagues the area; something to which a solution is being addressed.
 
For now, they have managed to recover fruit species such as achachairú, tangerine and custard apple, as well as thousands of coffee sprouts. Rolando Chuvé, president of the El Rancho community, is enthusiastic and says that this allows them to bet on agroforestry.
 
For WWF, the idea is for them to continue working autonomously, as the women, grouped in associations for the production of cusi and copaibo oils, are doing successfully.

Water scarcity

The Chiquitania is an eco-region that is home to the Chiquitano Dry Forest, the largest and best preserved tropical dry forest in South America, one of the few remaining in the world. In recent years, this dry climatic condition has deepened as a result of various factors, such as forest fires.
 
In Rio Blanco, Mariela Bailaba says in a slow tone, that last year all her water sources dried up. She and other women were forced to wash their clothes and those of their families in Concepción, the nearest urban center 65 kilometers away. There these indigenous peoples have a common house to stay in.
 
The other option they found as a community was to go to a nearby gold mine that has a well, from which they drew water for drinking and cooking, until the civil
 
association Support for the Peasant-Indigenous People of Eastern Bolivia (APCOB) had to assist them with supplies of this element to cover that need.
 
This institution and WWF supported the drilling of a well to extract water from the subsoil and guarantee the supply of the resource this year. But the water ran out in the dry season, in mid-August. For now, Mariela explains, two paúros (water wells) serve to supply the families, while a small cut-off provides irrigation for the nursery.
 
Both water sources are under the care of the population, who have agreed not to use them for personal hygiene, but only for consumption, in addition to preserving the vegetation around both water bodies to ensure that they are not depleted. Water for livestock remains scarce.

Prevent before regret

While frost and drought affect the quality of life in the communities, their main fear is fire. The memory of the inhabitants of Monte Verde vividly recalls the 2019 fire. "We sometimes did not sleep for eight days (for fighting the fire). An hour, maximum, slept a companion to relieve himself, more than two months we have been like that, from eight to ten days could only sleep a companion, and sometimes because of the smoke not even that we could sleep, "recalls Anacleto Pinto, a young man from the Rio Blanco community.
 
The small herd of cattle that some families had was reduced to a minimum. During and after the fire, the population in general, but the children in particular, suffered intestinal infections due to lack of drinking water, and eye irritation from the polluted air, and the vegetation also changed. "After the fire, other plants have appeared, and now, for example, you can't almost walk where the fire has burned because there are vines with thorns that cause allergies in the body," says Pinto.
 
That bad experience in 2019 led people to seek training to prevent and control fires. Community early warning brigades were formed and volunteer firefighters were called to give them supplies and tools, so that they can react immediately to an alert while specialized help arrives.
 
"We are protecting a lot (our territories) so that there are no fires. Right now there is a lot of fuel in the forest. A spark would cause an immense disaster. Two weeks ago (in August) we had a lot of smoke from the neighboring municipality of Guarayos," says Anacleto Pinto, from Río Blanco. This young man dreams of having a drone for surveillance, radios for internal communication and mobile applications for more efficient monitoring.
 
Currently, when there is a smoke alarm "of unexplained origin," he and other guys have to go to Concepción to look for satellite information from the Authority and Social Control of Forests and Lands (ABT) or other NGOs that monitor hot spots.
 
Once there, they locate the hot spot and issue the alert. Until then, the fire can become uncontrollable.
 
If the emergency is confirmed, the community brigades go into action. Zulema Barahona, APCOB's project coordinator, explains that in the Monte Verde and Lomerío TIOCs there are about twenty of these groups in the same number of communities, whose actions are preventive. In both indigenous territories, the people are organized so that their agricultural work with the use of fire (land clearing) is done in a controlled manner. To do this, they comply with internal agreements that involve reporting the event and scheduling it on days when there is no extreme heat or strong winds.
 
For the Chiquitanos, the use of fire as a tool for subsistence farming is important. They do it in an organized way, through the minga (collective work). The figure consists of the whole community helping the family that is carrying out the task, so that the flames do not get out of control; then the beneficiaries help others, and so they all take turns.
 
SAR Foundation, the Government of Santa Cruz and various NGOs have joined the cause, to train community firefighters. WWF provided safety clothing and firefighting equipment so that in addition to knowing how to react, they can protect themselves adequately.

Resilience in Santa Mónica

In Santa Monica, another community in the Monte Verde TCO, people remember the 2019 fires as a season in which they went two to three months without sleep fighting fires. Many managed to save their homes, but lost much of the downed and stacked logs they had in their rodeo yard - an open clearing in the forest - the product of the annual harvest of their general forest management plan. That is, timber destined for sale.
 
"This resulted in heavy losses. But since the logs had been burned, we decided that they could be used," says Zulema Barahona.
 
Thus arose the idea of transforming those pieces into signage for the areas destined for the forest management plan. The Santa Monica carpentry shop became the workshop where the burned logs became supports for writing messages.
 
Now, as you drive along the dirt roads leading to these communities, you can see signs informing you about the managed forests in the communities of Río Blanco, Cosorio Palestina, Santa Mónica, Palmarito de la Frontera and El Rancho. There are also messages urging people to avoid illegal logging and hunting and the use of fire that causes forest fires.
 
"We try to order our spaces so that they look better. Since we have the carpentry shop, we decided to signpost all the places where there are bridges, curves, the

place of the management plan," says Silvia Pasabaré, who at 28 years old is a member of the women's association in her community.
 
Although the losses were high for Santa Monica, the production of signage and the manufacture of some furniture for sale helped to alleviate the bad moment. "People didn't see a defect in the burnt edge (of the wood), but rather the resilience of people to devastating events," says Barahona.
 
In all these cases, neither the fires nor the drought, nor climate change with its adverse events, have led the community members to consider abandoning their homes in the Monte Verde territory. Despite the fact that the young people must leave to study in nearby urban centers - Concepción, San Xavier or Guarayos - many of them are already part of the leadership and have begun to plan productive activities that are being implemented. The women, organized in associations, also promote their own projects to guarantee their independence and empowerment within their homes. The men also envision productive projects and, together, they are willing to continue caring for the extensive Chiquitano Dry Forest.