#QuédateenCasa y conéctate con el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Otuquis | WWF

#QuédateenCasa y conéctate con el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Otuquis

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15 junio 2020


"Que no arranque todavía, esperá un ratito, creo que hay algo aquí abajo – me dice despacio, mientras se baja de la carrocería de la camioneta." 

Le hago a una seña a Luis Alberto que está al volante y le indico que esperemos todavía. Andrés camina por un costado, hacia atrás del vehículo en una especie de corredor formado entre la movilidad y unas enredaderas que tapan la visión hacia el humedal que se extiende perpendicularmente a nosotros.
 
Llega hasta un pequeño claro desde el cual puede ver hacia el punto donde, segundos antes me indicó haber creído escuchar algo y entonces lo veo hacerme una señal emocionado, como pocas veces se emociona. Apunta por detrás de las enredaderas sin saber qué atender primero, si el sombrero que se le está por caer, el cigarro que tiene a medio encender en la boca o la cámara que lleva colgada en el brazo. En medio de la fatiga silenciosa logro entender que lo que me acaba de decir es “¡ahí está!”.
 
  • ¡Nadie se mueva, nadie respire! – susurro enfáticamente para que nadie haga un solo sonido.
 
Poco le importaron el pucho y el sombrero, se decidió enteramente y como era lógico, por la cámara. Por fin la distancia es perfecta, la luz es perfecta, apunta, enfoca, el animal levanta la mirada, se ven mutuamente por una fracción de segundo y se logra la foto del ciervo. No es una foto de un ciervo cualquiera, es el ciervo número veintiséis que vemos en el viaje, pero esta vez, logra la foto que él quería de un ciervo de los pantanos. Un macho, adulto, de frente, encuadrado para retrato y de portada.
 
Para conseguir esa foto, pasamos ocho días en el Parque Nacional Otuquis, en el Pantanal boliviano, colaborados por dos de los guardaparques más experimentados del área protegida, Don Edwin Justiniano y don Rogelio Paraba. Ayudados también por el propio director del Parque, el Ing. Luis Alberto Bazán quien, tuvo la amabilidad de llevarnos, tanto a la entrada como a la salida y quien justamente se encontraba detrás del volante aquél preciso momento en que Andrés Unter por fin encontró al ciervo de los pantanos tal como se había propuesto, casi a manera de reto personal, fotografiar.
 
Blastocerus dichotomus comúnmente conocido como ciervo de los Pantanos, es el ciervo de mayor tamaño de todo el neotrópico, los individuos adultos, pueden medir casi dos metros de largo y aproximadamente un metro treinta hasta los hombros, esto sin tomar en cuenta la cabeza, sobre la cual los machos al llegar a la adultez presentan una prominente cornamenta. Si bien estos animales esbeltos de patas largas y grácil agilidad para desplazarse en terrenos pantanosos, pueden pesar entre ochenta y ciento veinticinco kilos, existen registros de individuos que llegan a alcanzar hasta ciento cincuenta kilogramos de peso.  
 
En Bolivia, el ciervo de los pantanos vive en ambientes abiertos y de sabanas húmedas de tierras bajas, desde las pampas del Heath, en el departamento de La Paz, en la frontera con Perú, pasando por las sabanas del Beni, hasta el pantanal boliviano al este de nuestro país en la zona fronteriza con Brasil. A nivel mundial el ciervo de los pantanos puede encontrarse también en el sudeste de Perú, centro – oeste y sur de Brasil, centro – este y noreste de Argentina.
 
Históricamente el área que habitaba este cérvido fue mucho mayor, pero se vio reducida debido a distintas causas como, por ejemplo, el desarrollo de las industrias agrícola y ganadera, la susceptibilidad de los ciervos a adquirir enfermedades transmitidas por el ganado vacuno, la pérdida de ambientes naturales y la cacería que estas industrias causan como efecto colateral. Una muestra clara es el caso de Uruguay, donde actualmente el ciervo de los pantanos está considerado como una especie extinta, habiéndose registrado en ese país por última vez en 1958. Hasta el año 2009 se estimaba que el ciervo de los pantanos había perdido más del 30% de su población total en el mundo en un periodo de quince años, situación que, entre otros factores, hizo que se enliste a esta especie tanto a nivel mundial como nacional bajo la categoría de Vulnerable a la extinción.
 
La situación por la que atravesó (y atraviesa) el ciervo de los pantanos no dista mucho de ser la misma por la que pasaron muchas otras especies de fauna silvestre en Bolivia, sobre todo en los años 70´s, década durante la cual la cacería indiscriminada redujo las poblaciones de animales en muchos de los bosques de nuestro territorio. Si bien esta amenaza aún sigue latente, desde 1990 rige en el país, la ley de veda general indefinida, por Decreto Supremo No. 22641, norma de acuerdo con la cual, la cacería de fauna silvestre queda totalmente prohibida, salvo en algunos casos excepcionales como por ejemplo cuando una especie se encuentra bajo un plan de manejo para su aprovechamiento, o para ser consumida como cacería tradicional para aprovechamiento por parte de comunidades indígenas.
 
Otra medida que ha contribuido a recuperar las poblaciones de fauna silvestre, es la consolidación de áreas protegidas en el país, superficies de gran tamaño creadas con la finalidad de mantener las muestras representativas de los ecosistemas que comprende la diversidad biológica patrimonial del país. Una de estas áreas protegidas es, por ejemplo, el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Otuquis, el cual se sobrepone con la ecoregión del Pantanal en el lado boliviano.
 
Entre los objetivos de creación de esta área protegida se destaca preservar las características geomorfológicas, paisajísticas y la diversidad biológica y cultural del Otuquis, conservando especies de valor excepcional, amenazadas y típicas de estos ecosistemas. Al mismo tiempo, entre los valores que el PN ANMI Otuquis estaría protegiendo para generaciones futuras se consideran la protección y conservación de humedales de importancia mundial, la protección, conservación y uso sostenible de la diversidad biológica y la protección de los recursos naturales renovables y su uso sostenible en las zonas donde es permitido.
 
Y es que el Otuquis es un complejo mosaico paisajístico, casi como un rompecabezas gigante donde cada pieza se constituye en un nuevo rompecabezas a su vez. En este territorio en los últimos años especies como el ciervo o la londra, la nutria gigante del Amazonas, un mamífero semi acuático que también estuvo extremadamente diezmado en nuestro país, han encontrado ultimadamente sitios para aumentar y recuperar relativamente sus poblaciones naturales.
 
A pesar de los esfuerzos que aún se requiere redoblar en materia de conservación y gestión, existen algunos datos alentadores como lo que nos comentaba nuestro guía, compañero y guardaparque Don Edwin Justiniano cuando nos comentaba acerca de las actividades que se llevan a cabo en el Parque.
 
  • Ahora se ven más ciervos que antes, y yo creo que deben haber mucho más. Ahora bien, antes, se secuestraba carne de ciervo, de lo que cazaban, pero ahora ya la gente sabe que es prohibido, que esta es un área protegida y que incluso pueden ir a la cárcel, entonces la gente ya no se arriesga, y ciervo hace años que no se secuestra.
 
En ocho días de estadía en el área protegida, cuatro recorridos desde el ingreso del área protegida hacia puerto Busch, nosotros tuvimos un total de veintiséis avistamientos de ciervos, lo cual también fue alentador para nuestros corazones conservacionistas.
 
Otuquis fue declarado como Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado mediante Decreto Supremo No. 24762 el 31 de julio de 1997, pudiendo iniciar la gestión del área recién a finales del año 2001. Esta área protegida de casi un millón de hectáreas que se sitúa justo en la frontera que compartimos con los vecinos países de Brasil y Paraguay, alberga en su interior una gran variedad de ecosistemas, entre los cuales se encuentra por ejemplo a los bañados del Otuquis, que es uno de los humedales de Bolivia de importancia internacional y por lo tanto considerado como sitio RAMSAR, y donde se pueden encontrar cientos de especies de aves.
 
Este gran paisaje dinámico que comprende el Otuquis donde todo está conectado por el elemento vital que es el agua, está bajo la influencia de dos grandes cuencas. La cuenca de Tucabaca, a miles de kilómetros al norte, desde donde se reciben las aguas que bajan en temporada de lluvias y, por otro lado, la influencia del río Paraguay que llena la planicie de inundación del Pantanal en tiempo de llenura del río. Época que no necesariamente coincide con la temporada de lluvias. De esta manera, el Otuquis tiene periodos secos y periodos húmedos, pero la gran mayoría del tiempo se ve influenciado por el agua y la humedad que se provoca en el sistema.
 
En este reino de agua, son las islas de bosque y los lugares de altura los que adquieren una nueva dimensión de importancia, ya que son los lugares que se constituyen como refugios y lugares de descanso para la diversa fauna del área. Mientras la gran masa de agua que se almacena en esta gran ecoregión es purificada por la más diversa variedad de plantas acuáticas del mundo y luego continúa con su ciclo hidrológico y es redistribuida hasta cientos de miles de kilómetros por fuera del Parque, contribuyendo así a la regulación del clima en la región y también a nivel global.

Los colores de los amaneceres en el Otuquis
 
Dentro del Otuquis, las temperaturas son generalmente calientes, salvo cuando vuelca el viento del sur, se reciben los famosos “surazos” y la temperatura puede llegar incluso hasta los cero grados. Como por ejemplo el surazo con el cuál nosotros llegamos al área, pero que nos regaló de las postales en movimiento más coloridas de la naturaleza ya que, el cambio de temperatura y la humedad del ambiente hicieron que no todos los días amaneciera igual en el Otuquis.
 
La primera mañana dentro del parque, desde el campamento de los guardas y justo antes de que saliera el sol, podía verse el horizonte hacia el frente, sobre el río de un tinte magenta púrpura, mientras a nuestras espaldas, hacia el pantano mismo, la bruma se extendía por toda la planicie hasta donde alcanzaba la mirada y el horizonte se rompía únicamente por la copa de algunas palmeras en una isla de bosque que podía verse a lo lejos.
 
El vapor de la bruma iba levantando poco a poco, hasta que el sol se dispuso a hacer su aparición y salió por detrás de las nubes en el cielo para calentar todo. Rompió el día de una forma violenta, tiñendo el río totalmente de dorado, tan refulgente que por unos segundos todo se volvió casi insoportable a la vista. Escena tan intensa que parecía faltarle únicamente una música instrumental de fondo que hiciera que todo transcurra en cámara lenta y adicione dramatismo al paisaje. En pocos minutos, el calor del sol levantó del todo la bruma revelando nuevamente el verde del inmenso pantanal.
 
El segundo día, el viento de sur disminuye y ese nuevo amanecer no resulta tan dramático y disruptivo como el día anterior. El frío ha disminuido, la luz es más suave. El río se mostró en tintes plateados por el remanente de la noche, y a los atisbos del día, la vegetación a orillas del río, así como aquella que va flotando en el agua se vio convertida en siluetas de color negro. La calma se percibía en el ambiente.
 
El horizonte no estaba más púrpura, sino anaranjado, que difería mucho del dorado del amanecer del día anterior. Este nuevo tono, parecía desteñirse poco a poco hacia la cúpula del cielo, hasta desteñirse en tonos celestes sobre el cual todavía podían verse salpicadas las estrellas plateadas que, fueron desapareciendo poco a poco a medida que la visibilidad mejoraba y comenzaba el escándalo de las aves.
 
Los siguientes días, con la remisión total del surazo, los amaneceres se volvieron más calmos, las nubes suaves y la brisa fresca antes de que el día caliente poco a poco, mientras a lo lejos se escuchaban las aves y los aullidos de los monos del lado de Brasil.
 
Rompecabezas de paisajes, paisajes de rompecabezas
 
En la naturaleza, en el lado salvaje, los seres vivos se organizan bajo ciertas afinidades, que no tienen nada que ver con aquellas bajo las cuales nos regimos los seres humanos. Los animales, las plantas, los hongos, etcétera comparten afinidades por la temperatura, la humedad o ciertos aspectos que pueden encontrarse en determinados terrenos, los cuales están condicionados en primera instancia por las características geológicas. Es decir, el tipo de suelo que se encuentra en cada área del planeta. Luego están características como la cantidad de lluvia o la altitud sobre el nivel del mar.
 
Los espacios en el planeta que comparten ciertas características físicas, hacen que los organismos vivos también formen ensambles particulares y a estos grandes pedazos de tierra que comparten formas físicas y biológicas en común se les denominan biomas. En un nivel más abajo, es decir una sub división de los biomas son las ecoregiones y dentro de las ecoregiones los ecosistemas. Un gran rompecabezas formado a su vez por rompecabezas dentro de él.
 
Ni los biomas, ni las ecoregiones ni los ecosistemas responden a los límites geográficos y políticos trazados en los mapas por el hombre. Es por esto que una ecoregión, por ejemplo, puede pertenecer a varios países o a varias ciudades dentro de un país, o a varios municipios y así sucesivamente. Es una mezcla de piezas que van formando diversos paisajes.
 
Un ejemplo de este caso es el gran pantanal. Una ecoregión, formada geológicamente por los mismos movimientos tectónicos que dieron origen a la cordillera de los andes. A diferencia de la cordillera, en este espacio del planeta, las placas que están por debajo de la tierra quedaron en distintos niveles, haciendo que en esta zona el agua que llega desde lugares más altos quede estancada durante prolongados periodos de tiempo.
 
Esta zona de grandes desniveles abarca una superficie aproximada de diecisiete millones de hectáreas compartidas entre Brasil, Paraguay y Bolivia. El gran Pantanal es considerado por las Naciones Unidas como Reserva de la Biosfera y sitio de herencia mundial, puesto que es el humedal de agua dulce más grande del mundo y dentro del cual se reconocen más de cuatro mil setecientas especies de animales y plantas que habitan este gran reino de agua.
 
En este gran territorio el PN ANMI Otuquis es solo una pieza más, un área protegida de casi un millón de hectáreas que se encuentra dentro del departamento de Santa Cruz, enteramente en territorio de Bolivia, creado para proteger parte del patrimonio natural del país representado por el pantanal del lado boliviano, desde 1997.
 
Así, dentro del Otuquis, pueden encontrarse una gran variedad de ecosistemas, como por ejemplo, canales, ríos, lagos, lagunas, la gran planicie de inundación que es una gran sabana que puede quedar cubierta de agua así sea por pocos centímetros de espesor, pero por kilómetros y kilómetros, formando lo que se conoce como el gran pantano. El cual no es agua estancada, sino más bien retenida. Periodo durante el cual se produce una serie de intercambio de nutrientes y se fertilizan los suelos, se recargan las fuentes de agua subterránea, se evitan inundaciones aguas abajo y se recarga la atmósfera de humedad.
 
En este gran reino acuático también están los ecosistemas terrestres, los cuales adquieren una nueva dimensión de importancia, ya que son los sitios de altura en los cuales los animales encontrarán refugio y lugares secos para descansar. Estos sitios generalmente son islas que pueden verse llenas de palmeras, las cuales se han adaptado precisamente para vivir en estos lugares tan influidos por la llenura de las aguas.
 
El paisaje en el Otuquis, al igual que en la mayor parte del pantanal está marcado por dos estaciones, la de llenura y la de aguas bajas. Estos cambios de estaciones también marcan el movimiento de los animales, los cuales algunas veces, dependiendo de la estación serán más fáciles de ver que cuando están dispersos por la gran superficie del pantanal.
 
Proteger un millón de hectáreas
 
Cuidar de un paraíso como el Otuquis, no es tarea fácil. El cuerpo de protección con el que cuenta, es un equipo conformado por catorce guardaparques, los cuales pasan la mayor parte del mes dentro del área protegida, lejos de sus familias. Las dinámicas entre guardas, son aquellas que se crea entre amigos, camaradería inevitable con las personas con las que se pasa tanto tiempo en campo.
 
Entre las tareas cotidianas que deben ser atendidas, el lenguaje que se habla pareciera ser otro idioma, en el que priman las palabras como reporte, plan de manejo, plan ambiental, monitoreo o patrullaje. Actividades resultado de planificaciones constantes que muchas veces se realizan ya caída la noche. La labor del guardaparque es siempre sacrificada, no solo por las tareas propias de la profesión, sino también por los peligros constantes a los que se está expuesto. Sean estos de carácter natural o no. Sin embargo, un guardaparque es una persona que siempre te recibirá de buen talante, con una sonrisa en el rostro y dispuesto a compartir tanto anécdotas, como el conocimiento adquirido en terreno a través de los años.
 
Esta es la loable tarea que tuvimos la suerte de compartir con parte del cuerpo de protección del Otuquis, con Don Edwin y Don Rogelio, quienes nos acompañaron en los días de búsqueda de imágenes por agua y por tierra en el pantanal. Es gracias al trabajo de ellos, que un ambiente como el pantanal puede seguir funcionando como un gran purificador de agua, como proveedor de aire puro y como refugio para una gran cantidad de animales y plantas.
 
Y para visitantes, como nosotros, como el sitio en el cual uno puede maravillarse enteramente si tiene la mente y el corazón abiertos. Ya sea por los colores de un amanecer, o por la sensación que causa perder el aliento al ver una londra por primera vez en el río o por la sorpresa que causa encontrarse con un ciervo de los pantanos de la forma que Andrés encontró al suyo, después de ver veintiséis otros ciervos, tal y como lo quería, un macho adulto, de frente, con la cornamenta enorme, perfectamente encuadrado para una foto de portada.
 
 
Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Otuquis, Santa Cruz – Bolivia.
  
Texto: Gabriela Tavera/ Fotografía: Andrés Unterladstaetter