Cusi y copaibo, aceites que curan y embellecen mientras mejoran la vida de mujeres chiquitanas

Posted on
17 noviembre 2021


(English below)
 
Migle Mangari entra al monte con un saquillo y un machete a cuestas. Su cuerpo macizo tambalea entre las ramas, pero se repone fácilmente. Su cabello negro, sujetado en un moño, está protegido por una gorra. Una camisa de manga larga cubre su piel bronceada. Camina unos metros, ubica una palma de cusi. A su alrededor –dos a tres metros a la redonda– el suelo está regado del fruto de este árbol amazónico. Sin perder tiempo y antes de que el sol golpee, recoge aquellos que tienen buena pulpa adentro. Le basta palparlos para seleccionarlos: los más livianos se desechan; los pesados van a la bolsa.
 
El resto del bosque luce seco. Un colchón de hojarasca, ramas y bejucos muertos lo cubre todo. Pero los árboles de cusi están frescos y verdes. Las mujeres de esta comunidad indígena, ubicada a 400 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, al oeste de Bolivia, lo saben. Las 15 señoras de la Asociación de Mujeres Primero de Mayo salen al amanecer, algunas con los pies solo cubiertos de sandalias de goma, a pesar de la presencia de víboras. Durante tres horas –entre las 6:00 y las 9:00– aprovechan para recoger la mayor cantidad de frutos que pueden. Después, el calor es infernal.
 
Migle Mangari es, a sus 32 años, vicepresidenta de la Organización Territorial de Base (OTB) Cosorió Palestina. Decir OTB en Bolivia implica que es un pueblo indígena o comunidad campesina legalmente constituido en el territorio. En este caso, es un pueblo chiquitano. Ella, junto con otras mujeres, se dedican a la producción de cosmética, artículos de aseo personal y aceites medicinales, a partir de los frutos que recolectan.
 
“Primero comenzamos con el bordado, tejido de ropa, manteles. Pero con el tiempo vimos que el aceite el cusi podía hacer llegar (mejores) ingresos a la casa, por eso nos hemos dedicado a la recolección de cusi, a transformarlo en aceite y después en champú”, dice Mangari.
 
En realidad, los saberes que heredaron de sus padres y abuelos –quienes usaban la medicina natural para curar sus males– ahora son aprovechados, no solo como medio para generar recursos, sino para conservar la naturaleza.
 
El cusi y el copaibo son dos especies presentes en el Bosque Seco Chiquitano, considerado el bosque seco tropical más grande del mundo. Y aunque en los últimos años, los incendios, la deforestación, la sequía y la expansión de la frontera agrícola entre otros factores, los han golpeado con fuerza, las mujeres de estas comunidades gozan de sus beneficios, y han aprendido a cuidarlos.
 
“En la comunidad se reconoce el árbol de cusi y de copaibo. En una asamblea pedimos que no se corten (estos árboles) y se aceptó”, dice Ignacia Supepí, de la comunidad Río Blanco que, como Cosorió Palestina, pertenece al Territorio Indígena Originario Campesino (TIOC) Monte Verde, que tiene una extensión de más de 947 mil hectáreas (una extensión mayor a la de Puerto Rico).
 
Al cabo de tres horas de haber iniciado la recolección de frutos, los sacos están llenos. El calor arrecia con fuerza.
 
Con la misión cumplida, cada mujer pone su bolsa al hombro y la lleva a la vera del camino más próximo. Muy pronto uno de sus compañeros pasará a recogerlos en una motochata. Bajo este sol tremendo, contar con este vehículo dotado por WWF y APCOB para el transporte de materia prima, es de gran ayuda. En otras comunidades de Monte Verde, como Río Blanco y Santa Mónica, también tienen este motorizado para facilitar el traslado de los cocos recolectados desde el cusisal hasta el laboratorio.
 
Pero como el calor infernal no solo se siente en el bosque, sino también en las áreas de producción, las mujeres asociadas en cada comunidad planean ahora equipar sus laboratorios con un refrigerador para garantizar la conservación de sus insumos y productos. De esa manera, alivianar su trabajo construyendo áreas de almacenamiento y para el partido de cocos, actividad que ahora se realiza en cada vivienda.  
 
Trabajo en equipo
 
En las cuatro comunidades –Río Blanco, Santa Mónica, Palestina y El Rancho– hay laboratorios, paneles solares y otros insumos que permiten optimizar la producción. En este proceso, el apoyo de WWF y APCOB fue muy importante, porque no solo se implementó espacios aptos para el trabajo, sino que se mejoró las condiciones sanitarias con la dotación de agua y un cuarto de baño.
 
Entre sus herramientas cuentan con prensa hidráulica, químicos, instrumentos de medida y fórmulas elaboradas por bioquímicos de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno de Santa Cruz. La asociación civil Apoyo para el Campesino-Indígena del Oriente Boliviano (APCOB) contactó a los profesionales para que capaciten a las mujeres.  
 
Todo esto les ha cambiado la vida, no solo porque les facilita el trabajo, sino porque les permite soñar con la incursión en otros productos no maderables. “Hay muchos remedios en el bosque que nosotros no conocemos y que podemos recuperar y transformar aquí, porque tenemos nuestro laboratorio”, dice Ignacia Supepí, de Río Blanco.
 
Así, una vez que se recolecta la materia prima, el cusi y el copaibo se convierten en: champús, para la caída del cabello; cremas, para peinar; pomadas analgésicas y antiinflamatorias; aceite extravirgen, y jabones líquidos y en barra. En total ocho productos muy comerciales.
 
“Para nosotros ha sido una oportunidad apoyar estas iniciativas que las mujeres venían desarrollando de forma artesanal y no nos quedamos ahí, sino que las vinculamos con el mercado”, asegura Ernesto Escalante, oficial forestal de WWF.
 
De esa manera, ellas aprendieron a seguir un protocolo de producción que aplican en sus laboratorios. Por su parte, quien compra estos aceites y cosméticos, sabe que apoya la conservación y el empoderamiento de estas mujeres.
 
Todo este proceso de aprendizaje hizo también que las propias señoras pidan asesoramiento para conseguir el registro sanitario. Hace poco lo hicieron oficialmente en una reunión con representantes de WWF.
 
“Si nosotras hubiéramos sabido cómo elaborar (productos) antes, lo hubiésemos hecho. Usábamos el aceite solo como ungüento, porque sabíamos que desinfectaba heridas y las cicatrizaba. El agua de copaibo también es mejor que el yodo, por eso hacemos el jabón”, dice Delia Macoñó, de El Rancho, una comunidad del municipio de San Javier que tiene una reserva de estos árboles.
 
A diferencia del cusi, este último se extrae como resina del tronco, una vez por mes o cada quincena. Para ello, se deja escurrir el líquido y/o aceite, pero las tareas de limpieza del monte para permitir la circulación por los senderos que conducen a cada árbol son mucho más pesadas.
 
En El Rancho se ha identificado una mancha de árboles de copaibo que la comunidad protege como Reserva Comunal. En dicha Reserva cada árbol cuenta con una placa de identificación que se utiliza para el registro de datos, como los mililitros de resina extraídos. “Tenemos 237 árboles, en 60 hectáreas, queremos llegar a por lo menos 300 árboles, y hasta ahí nomás, para cuidarlos. En una mayor extensión es más complicada la limpieza”, explica Rolando Chuvé, presidente de la comunidad.

Hasta hace poco menos de una década, para extraer el aceite de copaibo se sacrificaba todo el árbol o se lo hería de muerte abriendo una boca en su base a hachazos. Hoy en día, se perfora el tronco con un delgado tubo de plástico hasta que empieza a emanar la oleorresina. Muchas veces también sale un agua que antes se desechaba, pero ahora se usa para elaborar cremas, jaboncillos y otros productos.
 
Independencia y liderazgo
 
Aunque los hombres apoyan la producción y algunos ganan un jornal en la recolección de copaibo, la transformación de la materia prima está en manos exclusivas de las mujeres.
 
El esfuerzo de ellas se multiplica si se considera que, además, apoyan en la producción agrícola de su chaco y cuidan su hogar. Muchas viven con un pie en la comunidad y otro en la zona urbana más próxima: Concepción, San Javier o Guarayos, porque sus hijos deben marcharse para estudiar la secundaria al cumplir los 12 años.
 
María del Carmen Carreras, responsable de Productos y mercados sostenibles de WWF, cuenta que en un inicio la intención era fortalecer a los comunarios en la gestión de recursos maderables, porque habían recibido una baja calificación para obtener la certificación verde. Pero en el camino vieron la actividad productiva de las mujeres en el sector de no maderables, y se contactó a APCOB para acompañarlas en ese proceso.
 
Para ellas, la fabricación de productos es solo una parte de sus logros, pues coordinar un trabajo cooperativo y asumir roles de liderazgo también fueron grandes desafíos.
 
Maura Cuasase, por ejemplo, fue madre por primera vez a los 14 años, y ahora, a los 54, es la líder de la Asociación de Mujeres de Santa Mónica. “Una tiene ese temor de que no va a poder, de no saber hablar, la vergüenza. Pero a través de todo el trabajo se va perdiendo el miedo”, relata.

Gracias a ello, ahora cada quien tiene una responsabilidad. Hay turnos de trabajo, aprovechamiento de habilidades y una larga cadena de tareas por las que pasa ese pequeño frasco de aceite o esa barra de jabón antes de llegar a manos de un comprador. Además, ahora algunas asociaciones usan las redes sociales para vender más y estar en contacto con potenciales clientes.
 
La producción de cosméticos abrió un horizonte nuevo para las señoras de Monte Verde. Ahora ellas sueñan con ampliar la gama de productos, incorporando las riquezas naturales que tienen a disposición en el bosque. Están muy comprometidas con un proceso de mejoramiento continuo.
 
Toda esta actividad productiva tiene además otro gran valor: el cuidado del Bosque Seco Chiquitano. Así lo resume Ignacia Supepí: “Tuvimos varias capacitaciones para transformar el aceite en champú. Nos interesó porque si trabajábamos con eso, protegíamos más el bosque. Ese fue nuestro ánimo. Íbamos a ayudar a seguir cuidando (el bosque) porque eso significa que es un árbol más que no se puede cortar”.

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Migle Mangari enters the bush with a satchel and a machete on her back. Her massive body staggers among the branches, but he gets back on her feet easily. Her black hair, tied in a bun, is protected by a cap. A long-sleeved shirt covers his tanned skin. She walks a few meters, locates a cusi palm. All the ground around her - two to three meters around - is covered with the fruit of this Amazonian tree. Without wasting time and before the sun hits, she picks those that have good pulp inside. It is enough for her to feel them to select them: the lightest ones are discarded; the heavy ones go into the bag.
 
The rest of the forest looks dry. A mattress of dead leaves, branches and vines covers everything. But the cusi trees are fresh and green. The women of this indigenous community, located 400 kilometers from Santa Cruz de la Sierra, in western Bolivia, know that. The 15 women of the Primero de Mayo Women's Association go out at dawn, some with their feet covered only by rubber sandals, despite the presence of snakes. For three hours - between 6:00 and 9:00 a.m. - they take the opportunity to pick as much fruit as they can. Afterwards, the heat is infernal.
 
Migle Mangari is, at 32 years old, vice-president of the Grassroots Territorial Organization (GTO) Cosorio Palestina. To say GTO in Bolivia implies that it is an indigenous people or peasant community legally constituted in the territory. In this case, they are Chiquitano people. She, along with other women, are dedicated to the production of cosmetics, toiletries and medicinal oils, from the fruits they collect.
 
First we started with embroidery, weaving clothes and tablecloths. But over time we saw that cusi oil could bring (better) income to the house, so we have dedicated ourselves to the collection of cusi, to transform it into oil and then into shampoo," says Mangari.
 
In reality, the knowledge they inherited from their parents and grandparents - who used natural medicine to cure their ailments - is now being put to good use, not only as a means of generating resources, but also to conserve nature.
 
The cusi and copaibo are two species present in the Chiquitano Dry Forest, considered the largest tropical dry forest in the world. And although in recent years, fires, deforestation, drought and the expansion of the agricultural frontier, among other factors, have hit them hard, the women of these communities enjoy their benefits, and have learned to take care of them.
 
"In the community, the cusi and copaibo trees are recognized. In an assembly we asked that they (these trees) not be cut down and it was accepted," says Ignacia Supepí, from the Río Blanco community which, like Cosorio Palestina, belongs to the Monte Verde Original Indigenous Peasant Territory (OIPT), which covers an area of more than 947,000 hectares (an area larger than Puerto Rico).
 
Three hours after starting the fruit harvest, the sacks are full. The heat is getting hotter and hotter. 
 
With the mission accomplished, each woman puts her bag on her shoulder and carries it to the side of the nearest road. Soon one of their companions will pick them up on a motorbike. Under this tremendous sun, having this vehicle provided by WWF and APCOB to transport raw materials is a great help. In other communities of Monte Verde, such as Rio Blanco and Santa Monica, they also have this motorized vehicle to facilitate the transport of the collected coconuts from the cusi land to the laboratory.
 
But as the infernal heat is not only felt in the forest, but also in the production areas, the women associated in each community now plan to equip their laboratories with a refrigerator to guarantee the conservation of their inputs and products. In this way, they will alleviate their work by building storage areas and for coconut splitting, an activity that now takes place in each house.
 
Teamwork
 
In the four communities - Rio Blanco, Santa Monica, Palestina and El Rancho - there are laboratories, solar panels and other inputs to optimize production. In this process, the support of WWF and APCOB was very important, because they not only implemented spaces suitable for work, but also improved sanitary conditions with the provision of water and a bathroom.
 
Their tools include a hydraulic press, chemicals, measuring instruments and formulas developed by biochemists from the Gabriel René Moreno Autonomous University of Santa Cruz. The civil association Support for the Peasant-Indigenous People of Eastern Bolivia (APCOB) contacted the professionals to train the women.
 
All of this has changed their lives, not only because it makes their work easier, but also because it allows them to dream of venturing into other non-timber products. "There are many remedies in the forest that we don't know about and that we can recover and transform here, because we have our laboratory," says Ignacia Supepí, from Río Blanco.

Thus, once the raw material is harvested, the cusi and copaibo are turned into: shampoos, for hair loss; creams, for combing hair; analgesic and anti-inflammatory ointments; extra virgin oil, and liquid and bar soaps. In total eight very commercial products.
 
"For us, it has been an opportunity to support these initiatives that women have been developing in an artisanal way, and we did not stop there, but we have also supported them. We link to the market," says Ernesto Escalante, WWF's forestry officer.
 
In this way, they learned to follow a production protocol that they apply in their laboratories. Those who buy these oils and cosmetics know that they are supporting the conservation and empowerment of these women.
 
This whole learning process also led the ladies themselves to ask for advice on how to obtain sanitary registration. Recently they did it officially in a meeting with representatives of WWF.
 
"If we had known how to make (products) before, we would have done it. We used the oil only as an ointment, because we knew that it disinfects wounds and heals them. The copaibo water is also better than iodine, that's why we make soap," says Delia Macoñó, from El Rancho, a community in the municipality of San Javier that has a reserve of these trees.
 
Unlike cusi, the latter is extracted as resin from the trunk, once a month or every fortnight. To do this, the liquid and/or oil is left to drain off, but the work of clearing the forest to allow circulation along the paths leading to each tree is much heavier.
 
In El Rancho, a patch of copaibo trees has been identified which is protected as a Communal Reserve. In this reserve, each tree has an identification plaque that is used to record data, such as the milliliters of resin extracted. "We have 237 trees, in 60 hectares, we want to reach at least 300 trees, and up to that point, to take care of them. In a larger area it is more complicated to clean up," explains Rolando Chuvé, president of the community.
 
Until a little less than a decade ago, to extract copaibo oil, the entire tree was either sacrificed or mortally wounded by hacking a hole in the base of the tree. Today, the trunk is pierced with a thin plastic tube until the oleoresin begins to emanate. Often a water also comes out that used to be discarded, but is now used to make creams, soaps and other products.
 
Independence and leadership
 
Although men support the production and some earn a day's wage collecting copaibo, the transformation of the raw material is in the exclusive hands of women.
 
Their effort is multiplied if one considers that they also support the agricultural production of their own piece of land and take care of their homes. 

Many live with one foot in the community and the other in the nearest urban area: Concepción, San Javier or Guarayos, because their children have to leave for secondary school when they turn 12.
 
María del Carmen Carreras, responsible for sustainable products and markets at WWF, says that initially the intention was to strengthen the community members in the management of timber resources, because they had received a low qualification to obtain green certification. But along the way they saw the productive activity of women in the non-timber sector, and APCOB was contacted to accompany them in this process.
 
For women in the community, making products is only part of their achievements, as coordinating cooperative work and taking on leadership roles were also major challenges.
 
Maura Cuasase, for example, became a mother for the first time at age 14, and now, at 54, is the leader of the Santa Monica Women's Association. "You have that fear that you won't be able to, that you won't know how to speak, the shame. But through all the work you lose that fear," she says.
 
As a result, everyone now has a responsibility. There are work shifts, skill utilization and a long chain of tasks that little bottle of oil or bar of soap goes through before it reaches the hands of a buyer. In addition, some associations now use social media to sell more and stay in touch with potential customers.
 
The production of cosmetics has opened a new horizon for the ladies of Monte Verde. Now they dream of expanding the range of products, incorporating the natural resources available in the forest. They are very committed to a process of continuous improvement.
 
All this productive activity also has another great value: the care of the Chiquitano Dry Forest. This is how Ignacia Supepí sums it up: "We had several trainings to transform the oil into shampoo. We were interested because if we worked with it, we would protect the forest more. That was our encouragement. We were going to help continue taking care of (the forest) because that means it is one more tree that can't be cut down”.