Los guardianes del Bosque Seco Chiquitano se enfrentan a “piratas” y cazadores con la visión de nuevos desafíos

Posted on
30 noviembre 2021


(English below)

Los habitantes de cinco comunidades indígenas cuidan sus bosques de amenazas como la caza furtiva y la tala ilegal de árboles. Comprendieron que las ganancias que dejan actividades sostenibles son interesantes y buscan más alternativas.

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Cuentan que los “piratas” llegan, observan la zona, señalan árboles, se van. Al día siguiente vuelven, caminan directamente a esos “palos” que marcaron, los cortan con motosierras que ni siquiera se escuchan, y se los llevan.

“Piratas” es el término con el que los habitantes de comunidades del Territorio Indígena Originario Campesino (TIOC) Monte Verde conocen a foráneos que llegan a cortar árboles para aprovechar la madera ilegalmente. Lo hacen sin control y con la estricta intención de obtener recursos.

Muchas veces, cuando son sorprendidos, dejan las troncas en el camino. Ante esa irrupción, algunas comunidades han optado por colocar anuncios que prohíben la tala ilegal y a la vez han instalado trancas en la vía de acceso principal hacia su territorio para mantener vigilancia sobre los camiones que circulan por ese tramo.

Monte Verde, parte del área de acción de la Alianza por la Fauna Silvestre y los Bosques, implementada por WWF y WCS con el apoyo de la Unión Europea, es un territorio indígena de gran superficie. Sus más de 947 mil hectáreas superan a Puerto Rico. Lo más importante: gran parte de esa extensión está cubierta por bosques, lo cual hace que sea vulnerable a diferentes amenazas.

Así, en esta inmensa marea verde de Bosque Seco Chiquitano a la tala ilegal se suman los cazadores furtivos; aquellos que ven la actividad como un deporte o una manera de ganar recursos fácilmente, a costa de carne de animales de monte. 

Por eso, en las comunidades el cuidado de estos territorios es organizado, de manera que haya vigilantes que detecten si llega un extraño con malas intenciones. 

En los últimos años, algunas de estas actividades han disminuido. En Río Blanco, por ejemplo, cuentan que las advertencias que lanzan los habitantes desde los medios de comunicación de Concepción –la zona urbana más cercana– han dado resultado. También lo hicieron los avisos colocados en lugares estratégicos. 
 
Guardianes del bosque

La vigilancia está siempre presente en estas poblaciones, aunque la mayor parte del tiempo está destinado a su actividad productiva, que va desde la crianza de ganado hasta la agricultura en pequeña escala. 

“Nosotros somos cuidadosos de los recursos naturales, somos los dueños y somos parte de la naturaleza. Eso es lo bueno, que vivimos en el territorio”, dice Moisés Masay, presidente de la comunidad Cosorió Palestina. 

Las comunidades de Monte Verde, han asumido esa condición, de guardianes del bosque, en todas sus actividades. “Antes no le dábamos importancia a los cusis, se perdía el fruto. Ahora, con las asociaciones de mujeres que están organizadas, el coco (del cusi) ya no se pierde. Elaboran champús, cremas, se está aprovechando”, dice Freddy Masay, presidente de la Organización Forestal Comunitaria (OFC).
 
Las asociaciones de mujeres que elaboran aceites, cosmética y pomadas de uso terapéutico con base en la palma de cusi y el árbol de copaibo, también han asumido el cuidado de sus áreas de trabajo de recolección. Las señoras de Cosorió Palestina, por ejemplo, están impulsando un censo de sus palmas de cusi, y las de la comunidad El Rancho ya cuentan con un inventario: 237 copaibos en 60 hectáreas para cosechar su apreciada oleorresina.  

“Empezamos a andar con nuestros productos, decíamos a las clientes que si consumen, aparte de que les hará bien usar el producto, nos iban a ayudar desde la ciudad a cuidar el bosque”, relata Ignacia Supepí, de Río Blanco.  
 
De cinco comunidades del Territorio Indígena Originario Campesino (TIOC) Monte Verde –Río Blanco, Cosorió Palestina, Palmarito de la Frontera, Santa Mónica y El Rancho–, solo esta última no extrae madera de su bosque porque se dedica principalmente a la ganadería en pequeña escala. En las demás, la ejecución del plan de manejo forestal es una actividad primordial que provee ingresos anuales seguros.

Iniciativas productivas ante adversidades climáticas

Los comunarios de Monte Verde prueban constantemente actividades que puedan reportarles ingresos para su sobrevivencia. Algunas familias apostaron por la producción de fruta. En El Rancho, hay quienes se decantaron por cultivos de papaya. Pero este año no fue bueno. El 20 de junio pasado, según el monitoreo de Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), una helada azotó a la región, quemando los pastizales y parte de la foresta.  

Sandro Macoñó, un joven de 34 años, perdió tres hectáreas de papaya –un fruto amazónico lechoso– en una helada que azotó la zona en junio de este año. 

“En otros lados ha llovido y acá nada. Mis papayas han recuperado algo, están vivas, por eso pienso que con unas lluvias ya deberían dar (frutos). En octubre deberían dar, pero esto lo desmoraliza a uno. Quizás ya no va a ser su tiempo, hay que esperar, tal vez al año”, lamenta.

Delia Macoñó y su esposo también fueron afectados en sus tareas agrícolas por el temporal de invierno. “Cuando estábamos empezando (con la producción), llegó la helada, como si hubiera pasado el fuego por encima de la papaya. Se fregaron (perdieron) nueve hectáreas”, asegura. 

En una región donde las familias suelen producir maíz, yuca, arroz y frejol para su subsistencia; la inversión y trabajo de las parejas jóvenes en proyectos más grandes, puede ser frustrante. 

El Rancho por ahora tiene un respaldo en la producción de aceites y derivados de copaibo gracias a sus 237 árboles, pero se sustentan en la ganadería en pequeña escala. En este sistema, las familias indígenas cuidan y alimentan al ganado en sus tierras comunales –aunque los animales son de propiedad de un empresario– y pueden disponer la leche a diario para producir quesos u otros productos que venden en el mercado.

Algunos piensan en el cultivo de café como opción de producción agroforestal. Otros, como Sandro Macoñó, empezaron a capacitarse en la crianza de abejas. Ambas son ideas que esperan probar en cuanto tengan mayor conocimiento al respecto.

“Tenemos 10 cajas de abejas, hay varias cositas que uno está aprendiendo. Tuvimos la primera (sesión), nos faltan otras capacitaciones. Estamos poniendo los primeros panales. Le estamos poniendo interés. En este tiempo hay cualquier cantidad de flores. Hay harta abeja”, explica Macoñó, sentado a la vera de la extensa reserva de copaibo que tiene su comunidad. 

Todas estas oportunidades son las que sostienen la esperanza de estos pueblos chiquitanos. Si bien los más jóvenes suelen ser los que más rápido se desaniman, son también quienes más arriesgan cuando surge una alternativa. Acorde con los nuevos tiempos y pese a que las señales de comunicación no son las mejores, muchos de ellos están a la vanguardia de las tecnologías gracias a Internet. Por eso también sueñan con aplicar herramientas modernas en sus emprendimientos, algo que -están seguros- mejoraría su calidad de vida y sus opciones.
 
Alternativas en la mira

Hasta ahora, la actividad maderera sostenible ha servido para mejorar la calidad de vida de estos pobladores. Ello los ha llevado a pensar en utilizar ese dinero para financiar aserraderos y proyectar otras iniciativas.  

Actualmente, las comunidades tienen cultivos de subsistencia familiar. Esto significa que habilitan parcelas de tierra mediante el manejo responsable del fuego. Son huertos de no más de un cuarto de hectárea, que les permiten sembrar maíz, plátano, arroz y yuca para garantizar su consumo propio.  

Los jóvenes, en cambio, están entusiasmados con probar otras actividades. En la comunidad El Rancho han introducido la crianza de cerdos, porque demanda menos espacio y cuidados que el ganado bovino, que suele sufrir por la escasez de agua durante buena parte del año debido a la sequía. “Ya tenemos 50 madres (porcinas), más 30 que vamos a traer”, dice uno mientras hace cuentas sobre las ganancias que obtendría. 

Las nuevas experiencias tampoco les hacen perder de vista su principal opción: preservar el bosque. Rolando Chuvé, representante de El Rancho, anuncia que completarán el censo de árboles de copaibo hasta llegar a los 300 ejemplares. No incluirán ni uno más a la recolección de oleorresina, para que el resto del bosque quede intacto, porque es la cantidad para la que pueden garantizar labores de mantenimiento y cuidado.
 
Todas estas acciones son posibles gracias a las malas experiencias que dejaron los incendios y la capacidad de resiliencia de la gente frente a su realidad climática. Por ello, en cada paso que da una comunidad se consulta: ¿qué impacto tendrá esto en la naturaleza?, ¿nos generará ganancias?, ¿es posible lograr un desarrollo sostenible y amigable con el medio ambiente? Hasta ahora, en este territorio se ha demostrado que sí.

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Guardians of the Chiquitano Dry Forest face "pirates" and hunters with a vision of new challenges

The inhabitants of five indigenous communities protect their forests from threats such as poaching and illegal logging. They understood that the profits from sustainable activities are interesting and are looking for more alternatives.

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They say that the "pirates" arrive, observe the area, mark trees, and leave. The next day they come back, walk straight to those "sticks" they marked, cut them down with chainsaws that can't even be heard, and take them away.

"Pirates" is the term used by the inhabitants of communities in the Monte Verde Original Indigenous Peasant Territory (OIPT) to refer to outsiders who come to cut down trees to illegally harvest timber. They do it without control and with the strict intention of obtaining resources.

Often, when they are caught, they leave the logs on the road. Faced with this irruption, some communities have opted to place signs prohibiting illegal logging and at the same time have installed roadblocks on the main access road to their territory to keep watch over the trucks that circulate along this stretch of road.

Monte Verde, part of the action area of the Wildlife and Forest Alliance, implemented by WWF and WCS with the support of the European Union, is a large indigenous territory. Its more than 947,000 hectares are larger than Puerto Rico. Most importantly, much of this area is covered by forests, which makes it vulnerable to various threats.

Thus, in this immense green tide of the Chiquitano Dry Forest, illegal logging is joined by poachers; those who see the activity as a sport or a way to gain resources easily, at the cost of bush meat.

For that reason, in the communities the care of these territories is organized, so that there are watchmen who detect if a stranger arrives with bad intentions.

In recent years, some of these activities have decreased. In Río Blanco, for example, they say that the warnings issued by the inhabitants through local media in Concepción - the nearest urban area - have worked. So have the adverts posted in strategic places.

Guardians of the forest

Surveillance is always present in these populations, although most of the time is devoted to their productive activity, which ranges from cattle raising to small-scale agriculture.
 
"We take care of the natural resources, we are the owners and we are part of nature. That's the good thing, that we live in the territory," says Moisés Masay, president of the Cosorio Palestina community.

The communities of Monte Verde have assumed this condition, as guardians of the forest, in all their activities. "Before, we didn't give importance to the cusi, the fruit was lost. Now, with the women's associations that are organized, the coconut (from the cusi) is no longer lost. They make shampoos, creams, they are taking advantage of it," says Freddy Masay, president of the Community Forestry Organization (CFO).

The women's associations that produce oils, cosmetics and ointments for therapeutic use based on the cusi palm and the copaibo tree have also taken care of their harvesting work areas. The women of Cosorio Palestina, for example, are promoting a census of their cusi palms, and those of the El Rancho community already have an inventory: 237 copaibo trees on 60 hectares to harvest their prized oleoresin.

"We started to walk around with our products, we told our clients that if they consumed the product, apart from the fact that it would be good for them to use it, they would help us from the city to take care of the forest," says Ignacia Supepí, from Río Blanco.

Of five communities in the Monte Verde Original Indigenous Peasant Territory (OIPT) - Río Blanco, Cosorio Palestina, Palmarito de la Frontera, Santa Mónica and El Rancho - only the latter does not extract timber from its forest because it is mainly dedicated to small-scale cattle ranching. In the others, the implementation of the forest management plan is a primary activity that provides a secure annual income.

Productive initiatives in the face of climatic adversities

The villagers of Monte Verde are constantly trying out activities that can bring them income for their survival. Some families bet on fruit production. In El Rancho, there are those who have opted for papaya crops. But this year was not good. On June 20, according to the monitoring of Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), a frost hit the region, burning the pastures and part of the forest.

Sandro Macoñó, 34, lost three hectares of papaya - a milky Amazonian fruit - due to frost.

"In other places it has rained and here nothing. My papayas have recovered a little, they are alive, so I think that with a few rains they should bear fruit. In October they should bear, but this demoralizes me. Maybe it won't be their time, we have to wait, maybe a year," he regrets.

Delia Macoñó and her husband were also affected in their agricultural work by the winter storm. "When we were just starting (with production), the frost came, as if the fire had passed over the papaya. Nine hectares (were lost)," she says.
 
In a region where families often produce maize, cassava, rice and beans for subsistence, the investment and work of young couples in larger projects can be frustrating.

El Rancho is currently supported by the production of copaibo oils and derivatives thanks to its 237 trees, but they are sustained by small-scale cattle ranching. In this system, the indigenous families care for and feed the cattle on their communal lands - although the animals are owned by a businessman - and can dispose of the milk daily to produce cheese or other products that they sell in the market.

Some are thinking about growing coffee as an agroforestry production option. Others, like Sandro Macoñó, have begun training in beekeeping. Both are ideas that they hope to try as soon as they have more knowledge about it.

"We have 10 bee boxes, there are several little things we are learning. We had the first (session), we still need more training. We are putting the first honeycombs. We are taking an interest. At this time there are any number of flowers. There are a lot of bees," explains Macoñó, sitting on the edge of his community's extensive copaibo reserve.

All these opportunities are what sustain the hope of these Chiquitano people. Although the youngest are usually the ones who get discouraged the quickest, they are also the ones who risk the most when an alternative arises. In keeping with the new times and despite the fact that communication signals are not the best, many of them are at the forefront of technology thanks to the Internet. That's why they also dream of applying modern tools in their enterprises, something that- they are sure - would improve their quality of life and their options.

Alternatives in the spotlight

So far, sustainable logging has served to improve the quality of life of these villagers. This has led them to think about using the money to finance sawmills and plan other initiatives.

Currently, the communities have family subsistence crops. This means that they have created plots of land through the responsible management of fire. These are gardens of no more than a quarter of a hectare, which allow them to plant corn, bananas, rice and cassava to ensure their own consumption.

The young people, on the other hand, are enthusiastic about trying other activities. In the community of El Rancho, they have introduced pig raising, because it requires less space and care than cattle, which tend to suffer from water shortages during much of the year due to drought. "We already have 50 mothers (pigs), plus 30 that we are going to bring in," says one of them as he calculates the profits he would make.

The new experiences do not make them lose sight of their main option: to preserve the forest. Rolando Chuvé, representative of El Rancho, announces that they will complete the census of copaibo trees until they reach 300 specimens. They will not include even one more in the oleoresin collection, so that the rest of the forest remains intact, because that is the amount for which they can guarantee maintenance and care.

All these actions are possible thanks to the bad experiences left by the fires and the resilience of the people in the face of their climatic reality. Therefore, in each step that a community takes, they ask themselves: what impact will this have on nature?, will it generate profits for us?, is it possible to achieve sustainable and environmentally friendly development? So far, in this territory it has been demonstrated that yes.